Wednesday, June 20, 2012

El mito del paraíso

Eva era una mujer feliz, viviendo en un lugar paradisíaco; disfrutaba de reunirse con sus amigas, reía con ellas, bailaba, comentaba sus experiencias sexuales, experiencias que le generaban no solo placer sino el reconocimiento de su ser mujer, complementándose con un otro.



Una tarde se acerca a ella Adán, un hombre que la deseaba profundamente. Comienza entonces  a desplegar su cortejo para conquistarla; ella lo observa paciente, sin desesperarse; sabía de su propio valor;  sólo accedería cuando tuviese la plena seguridad de que ella también lo deseaba, no por necesidad, no para sentirse completa (ya lo estaba) sino para sentirse plena en el encuentro con el otro.

Eva era inquieta, vivía buscando nuevas experiencias, nuevos aprendizajes que le permitiesen evolucionar como persona. Cierto día, su fiel compañera, una serpiente, le cuenta que, en un lugar cercano, se encontraba el árbol del conocimiento y que todo aquel que comiese de ese árbol podría ver con mayor claridad la vida… pero que, de ir en su búsqueda,  tuviese cuidado porque había un hombre que lo custodiaba y no permitía el acceso a él.

Eva preguntó a la serpiente:- Por qué no quiere este hombre que accedamos al conocimiento? Eso nos  hace  mejores personas…  Tal vez, respondió la serpiente, tema perder su poder; quizás provenga de un lugar donde hay superiores e inferiores, donde se controla a través del miedo…  Quién puede tener miedo en un lugar donde sólo reina el amor, donde nos permitimos sentir, donde no manipulamos, donde no somos mejores que otros sino que formamos parte de un todo, donde disfrutamos del placer sexual, donde amamos a los hijos… cuestionó Eva.

Ese es el lugar de donde tú y muchos otros provienen…contestó la serpiente;  posiblemente él venga de otro lugar… me comentaron de una especie de contra revolución llamada Patriarcado, un movimiento que es la antítesis de todo lo conocido hasta aquí. Allí las mujeres y los niños pasan a ser posesiones del hombre; éste las controla a través del miedo; la acumulación de lo material determina el valor de una persona; se institucionaliza el matrimonio como pareja básica, dejando de lado la pareja original: madre-hijo.

A pesar de la inquietud que le provocaba a Eva todas las advertencias de la Serpiente, decide de todas maneras ir en busca del fruto del árbol del conocimiento; y lo invita a Adán, para que también él tenga, como ella, la posibilidad de ver más allá.

Ambos, guiados por la Serpiente, llegan al lugar y se paran frente al árbol. Eva toma un fruto y se lo da a Adán, quien lo come; ella hace lo mismo.

En ese momento, aparece el Señor que custodiaba el árbol, y con un gesto  inquisidor y alzando la voz, dice:

Eva… ¿cómo pudiste hacer eso?

¿A qué se refiere, Señor? Contesta Eva muy segura de sí misma..

Comiste del árbol que me pertenece, dijo el Señor.

Me extraña, contesta  ella, que viviendo en este lugar usted no conozca nuestras reglas. Este es un paraíso porque todos somos uno, todos compartimos, todo nos pertenece, y nos alegramos con los logros del otro… de hecho, mi amiga la Serpiente es una gran sabia que me hace ver lo que yo no puedo ver.

Me estás desafiando, prosigue el Señor.

Lejos estoy de eso; le cuento la manera en que nosotros nos relacionamos y vivimos, lo que me hace pensar que usted no pertenece a este lugar.

Que no pertenezco? Este lugar es mío.

Le repito, aquí no existe lo mío o lo tuyo, todos nos pertenece a todos.

Te condeno mujer por desobedecerme! Gritó el hombre enfurecido. De aquí en más parirás con dolor y serás la esclava del hombre.

No tengo dudas Señor, dijo Eva… usted viene de otro lugar. Le cuento, para su información, que hace miles de años las mujeres no sufrimos en el parto, que nuestro útero se dilata a tal punto que permite la salida del nuevo ser generándonos un enorme placer, un orgasmo precisamente. Por otro lado, no tenemos dueño, somos nuestras propias dueñas, decidimos qué hacer, con quién, cuándo y lo único que nos motiva es el deseo.

Fuera de sí y preso de una cólera indescriptible, el Señor lo mira a Adán y con una voz intimidante le dice:

Tú… ¡tú también desobedeciste!

Señor, dijo Adán, entiendo su reclamo, pero me atrajo la posibilidad de conocer más, de crecer, de ser mejor persona… por otro lado, tú la has escuchado a Eva y ya has visto  lo difícil que resulta contradecirla; creo que no tiene demasiado sentido iniciar una discusión por esto; tanto ella como yo hemos ganado… y tú no has perdido nada porque los frutos del árbol no se agotan y conocer, crecer, no nos hace superiores a ti. Recuerda que aquí, en el Paraíso, somos todos partes de un todo; cuando uno crece, crecemos  todos.

La Serpiente se acercó al Señor, le rodeó los hombros y le dijo:- Te invitamos a que formes parte de esta gran familia, que salgas de tu aislamiento, y no solo te pertenecerá este árbol sino todos los árboles del lugar.

El Señor los miró, Adán y Eva le sonrieron y así comenzó nuestra historia como humanos conscientes de que somos seres completos, dispuestos a disfrutar, que nacimos en el Amor y la abundancia… y que no hay nada de que temer…

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